11.05.2026

Contexto 4 | La conmoción

A partir de dos espectáculos que han pasado por Réplika Teatro y han causado un profundo impacto entre los y las asistentes, por un lado Hildegard, el concierto del dúo ucraniano formado por Heinali y Andriana-Yaroslava Saienko, que reinterpreta la música de Hildegard von Bingen, y la presentación en España, por otro lado, de la coreógrafa y bailarina polaca Ewa Dziarnowska, con su pieza duracional This resting, patience, abordamos algunas cuestiones sobre la capacidad conmovedora de las artes en general y de las escénicas en particular.

 

«Cada obra de arte inventa una forma del tiempo»
Claudia Castellucci

 

Decía Federico García Lorca que estaría bien ir al teatro, no tanto a ver qué pasa, sino a ver qué nos pasa. A veces, lo que nos pasa es que nos conmueve lo que vemos. La conmoción es una afectación de las tantas posibles en la relación con el arte y, como cualquier otra afectación, responde a subjetividades internas del receptor/a y a injerencias culturales más o menos subliminales en cuanto a los cánones estéticos de cada época. Así pues, ¿de qué hablamos cuando hablamos de algo conmovedor?

 

El dúo ucraniano formado por el músico Oleh Shpudelko, conocido artísticamente como Heinali, virtuoso del sintetizador modular, y la cantante Andriana-Yaroslava Saienko, no menos virtuosa, capaz de sobrecoger al público con su potencia vocal, genera una atmósfera de recogimiento y espiritualidad, de trance incluso, que en apenas una hora que dura su recital consigue aislar la percepción en un paréntesis espacio/temporal que, quizás, nos acerque -siquiera remotamente- a las experiencias místicas de la propia Hildegard von Bingen, monja abadesa alemana, filósofa, compositora y poetisa, que vivió en el siglo XII. La misma sacralidad, desde un lugar más profano sin embargo, son capaces de conseguir las bailarinas Ewa Dziarnowska y Leah Marojevic junto al creador sonoro Krzysztof Baginski y la diseñadora de luces Jacqueline Sobiszewski en las tres horas que dura la pieza This resting, patience, otro paréntesis de realidad que se despliega sobre una moqueta azul con una preciosa fragilidad sostenida por la comunidad de miradas que se va tejiendo, a medida que avanza el espectáculo, entre las propias bailarinas, entre ellas y lxs espectadorxs y entre lxs propios espectadorxs.

 

 

La filiación etimológica y las definiciones de los diccionarios del concepto conmoción nos llevan por dos caminos, incluso por tres. Primero está la sacudida, el golpe, el trastorno, el disturbio y lo revolucionario. “Cuando un misil ruso impactó en el suelo no muy lejos de mi estudio en Kiev -cuenta Heinali-, recuerdo vívidamente cómo reaccionó mi cuerpo a la explosión, milisegundos antes de que lo hiciera mi mente. No existía nada salvo el pavor. De igual manera, las visiones divinas que experimentaba Hildegard von Bingen estaban precedidas por destellos de luz brillantes. Así, la figura y la música de Hildegard nos permite reflexionar, comprender, exteriorizar y trascender la experiencia traumática de la guerra”. Él lo hace reinterpretando aquella música ancestral mediante síntesis modular, acompañando el canto ardiente de Andriana-Yaroslava con los llamados drones, sonidos extendidos con muy pocas variaciones armónicas que también existían en la música medieval. El disco que han presentado en el escenario de Réplika Teatro se grabó en una abadía cisterciense de la Occitania francesa. Occitania fue la región donde mayor alcance tuvo el cisma de los cátaros, que por la extrema pureza de su práctica cristiana que se auto asignaron, tomaron su nombre de la palabra griega katharsis, la misma que Aristóteles incluyó en su Poética para nombrar el efecto purificador moral y espiritual de la tragedia teatral. Otra forma de conmoción.

 

Hay otra acepción de lo conmovedor que tiene que ver con emocionar, impresionar, causar una alteración afectiva que podría llegar hasta el llanto, un cambio de ánimo, la fascinación hipnótica, el magnetismo, incluso el enamoramiento. El historiador del arte y curador francés Georges Didi-Huberman dedicó una exposición no hace mucho a lo que conmueve partiendo del concepto flamenco del “duende” y de la poesía de Lorca. Esa conmoción es un camino de ida y vuelta entre el observador y la imagen observada, entre el artista y el espectador. “De esa observación nace un intangible, un espacio singular más allá de lo físico, el lugar donde se despliega la verdadera fuerza emocional del arte”, dice Huberman, que abogaba en esta muestra por la afectividad como forma de relación con el arte y por la conmoción específicamente como forma de conocimiento válida y transformadora.

 

La conmoción es también, y en definitiva, un movimiento compartido, un ejercicio de comunión. Ewa Dziarnowska y Leah Marojevic coinciden en la sensación general de que se echan de menos momentos en los que realmente se produzca esa comunión en una sala, en un espacio compartido entre artistas y público. “Buscábamos que la gente viera de cerca nuestros cuerpos, que no pensaran la danza como un espectáculo que solo ocurre delante de ti, sino que te rodea, que te roza. Ahí sientes otro tipo de empatía. Y no se trata solo de que yo te muestre algo que está preparado de antemano, que simplemente caliento en el microondas y te lo sirvo; se trata de estar ahí, de pensar ¿dónde estamos ahora mismo, qué es esto que hacemos, cómo lo construiremos hoy?” La experiencia artística ofrece la ocasión, socialmente validada, de expresar y vivenciar intensas reacciones emocionales. Si la distancia entre sujeto y objeto es muy pequeña, las emociones serán, seguramente, mucho más intensas. Y esta pieza es una buena prueba de ello.

 

 

Dos bailarinas, un creador sonoro y una diseñadora de iluminación trabajando en directo, aquí y ahora, interconectados e independientes al mismo tiempo, proponiendo y reaccionando, tomando decisiones no solo en función de ellos mismos, sino en función de lo que hace un grupo de personas que se ha congregado para verlos y que también toma decisiones, también entra en el juego, se mueve, cambia la perspectiva, busca con su mirada la mirada de las intérpretes y la de otrxs espectadorxs diseminados por el espacio en un aparente caos. Las emociones son reales y ese caos profundo del inconsciente colectivo genera la fuerza vibratoria libre que termina armonizándolo todo en un movimiento común. Vital, pero frágil. Igual, pero diferente cada vez. “La experiencia ante lo sublime -decía Kant– es como una rapsodia de sensaciones sin orden”. Sensaciones de conectividad donde desaparece la frontera entre artista y público, donde parecería que ya todo el mundo allí congregado se conocía de antes, y surge el deseo de permanecer a pesar del tiempo cronológico pasando inexorable. “No quiero irme”, decía una espectadora, “pero no es que no quiera irme de la obra, es que no quiero irme de la gente”.

 

La conmoción nace también del dolor, el dolor de una ruptura amorosa que podría estar en el origen anecdótico de una pieza que tiene un leit motiv en forma de canción, What the world needs now is love, un clásico de Burt Bacharach, repetida y repetida sin visos de saciedad. “Estaba destrozada, me ponía esa canción una y otra vez y la bailaba con el corazón roto” dice Ewa Dziarnowska. Según la RAE y el María Moliner, también conmover es mover a la ternura. Y de alguna manera ese reverso del amor y ese grito desesperado que sale de lo más profundo del cuerpo de Ewa Dziarnowska en un momento de la pieza, nos une más a ella como público y queremos acompañarla, a ella y a Leah, todavía con más ahínco. El amor es una aventura, “la exploración de un misterio”, según Amador Fernández Savater, “algo que nos reta y nos angustia, que desafía nuestros saberes previos y nos requiere la creación de nuevos saberes”. Para eso necesitamos tiempo, un tiempo contrario a Cronos, un tiempo kairótico. “El tiempo es parte de esta aventura. Un tiempo largo y dilatado, un tiempo de sorpresas, de altibajos, un tiempo de procesos”, concluye Savater. La duración como sustancia dramática, que nos saca por un momento del absolutismo de la realidad con dosis de una realidad otra, de un tiempo otro. Las tres horas de This resting, patience son eso mismo, un descanso de la vida, un apelar a la paciencia en tiempos de velocidad delirante.

 

El psicoanálisis acuñó un concepto, la llamada fruición estética, en el que luego ahondará la neuroestética; es un complejo de respuestas psíquicas que una obra de arte genera en un observador al activarse las neuronas espejo, un ejercicio de empatía no tanto defensivo como tribal, ritual de acercamiento, cuidado y amor. La observación del arte estimula mecanismos que simulan y encarnan emociones, acciones o sensaciones corpóreas, y esos mecanismos son universales. Hablamos de placer, de escalofrío, de risa o de llanto, de euforia o de tristeza, pero también de ligeras alteraciones en la percepción o síntomas somáticos inexplicables. Todo esto, llevado al extremo, es lo que conocemos como Síndrome de Stendhal, una conmoción que aúna, finalmente, lo positivo y lo negativo de las definiciones del término.

 

Un poco de todo esto fue lo que se vivió frente a estas dos dos piezas que nos ocupan: una pequeña gran conmoción. Quizás hubo otrxs que sintieron menos o no sintieron nada. Y es totalmente legítimo. Nunca lo sabremos. Pero solo ver gente que se congrega en un teatro para ver lo que les pasa, ya es sumamente conmovedor.