11.04.2026
Contexto 3 | Un corazón más grande que nuestro destino
¿Qué es y cómo se impregna ‘lo flamenco’ en la creación escénica contemporánea? Nos lo planteamos ante la ceremonia de Ruido Jondo propuesta por Jordi Latorre, Carmela Muñoz, Curro Rodríguez y Derek van den Bulcke, y a partir de los trabajos de Alberto Cortés, Rosa Romero o Los Voluble.
Aparece el cantaor, con el torso desnudo y un enorme ramo con decenas de claveles rojos. Avanza, abrazado a las flores, hasta que las suelta en el centro del escenario. Junto a él, Derek van den Bulcke tras una mesa llena de cacharros extraerá el envoltorio musical electrónico y, a su lado, Baulou aporreará sin misericordia una guitarra eléctrica. Carmen Muñoz, Carmela, al baile. Es Flamante, tercer formato del multievento Ruido Jondo que han ideado Jordi Latorre y el propio Derek y que hacía parada en Réplika el 6 y el 7 de marzo. El cartel lo completa la pieza Bordes y heridas del duende (con la participación especial de Ana Botía, de Mucha Muchacha, junto a Carmela) y el live set del productor y dj José Puebla. Música, performance, danza, visuales… y flamenco.

El cantaor se llama Curro Rodríguez. Es de Cádiz, pero vive en Islandia. Es cantaor pero también es fotógrafo, artista visual al que se le puede aplicar la metáfora de lo volcánico, porque su cante y sus imágenes salen de una profundidad magmática, porque ha encontrado en el paisaje extremo y en el silencio de las montañas vivas, palpitantes, la fertilidad creadora. Curro pone y compone el cuerpo cuando canta, al servicio de la voz, “lamento primitivo que magulla la garganta al salir de forma desmedida cuando el cuerpo se desdobla y se encuentra frente a sí mismo, siendo ofrenda y verdugo, altar y sacerdote, mineral y sangre”, ha escrito él mismo. Eso que llamamos jondo: la invocación, el lamento, el quejío, el grito.
El grito -dice el filósofo y poeta Ramón Andrés– es la casa natal de la palabra, y su evocación es la música originaria de los mortales. El flamenco va de grito a grito, del ay al ole, de la soleá a la bulería, porque como escribió Nietzsche, “en la alegría más alta resuena el grito del espanto”. Del dolor, cabría decir igualmente. El flamenco se mueve entre dos aguas -bien lo sabía Paco de Lucía-, el jolgorio y el desgarro, el jaleo y la pena, el descaro y la solemnidad, el ahogo y la carcajada. Venga de donde venga, que nadie lo sabe a ciencia cierta, lleva el rito incorporado, oración y éxtasis. Lleva la frescura de los claveles recién cortados, exultantes de belleza mientras se empiezan a marchitar.
El clavel, flor nacional española (la roja), como símbolo está asociado a multitud de cosas, pero es indisociable del flamenco. Cuentan que Carlos I mandó traer miles de claveles rojos desde el Mediterráneo oriental para agasajar a Isabel de Portugal, su mujer. Se fueron a vivir a Granada, pegaditos a la Alhambra, tan enamorados que estaban. Los gitanos llegaron también desde Oriente, pero luego hablaremos de los gitanos. Flores y gitanos llegaron para embellecer. Las primeras se erigieron en emblema. Los segundos… una historia llena de extractivismo cultural, agravios y prejuicios.
Curro Rodríguez terminará destrozando los claveles a golpes contra el suelo, contra las paredes, contra su propio cuerpo. Símbolo mancillado, belleza mutando mientras su voz crea un entorno, un “por encima”, acompañado de los beats que lanza Derek como palmeos, el taconeo de Carmela y el noise que sale de las cuerdas de Baulou, un toque liminal y oscuro (más de un purista se arrancaría la camisa al ver la palabra ‘toque’ asociada a lo que pasa ahí). La música realza el éxtasis y el éxtasis da forma a la música. Lo flamenco del acto fluctúa entre la tradición y la transgresión, binomio que ya ensayaron Lorca y Manuel de Falla. La cosa viene de lejos.
Espectáculos como este nos invitan a hacernos preguntas. ¿Qué pasa con lo flamenco en nuestra producción artística? “La música -dice Schopenhauer- es un ejercicio inconsciente de metafísica en el que la mente no sabe que está filosofando”. Pero, ¿el flamenco es solo una música? El flamenco perdería toda su potencia si le quitamos la performatividad, su puesta en escena, su ceremonial, su costumbre, su carácter indómito. Las culturas asociadas al trance, y el flamenco lo es, se resisten a ser controladas desde arriba. Crean, como hace Curro, su propio “por encima”, su lugar, su arquitectura vocal, como diría Niño de Elche. Sobre todo porque son resultado del cruce, de siglos de mestizaje y resistencia, culturas marginales que contagian su energía casi como modo de supervivencia, para escapar del control de las élites que se empeñan en encauzarlas bajo el yugo de la cultura dominante. Lo impregnan todo tanto que las élites pueden llegar a creer en la fantasía de que los han atraído hacia sí, que los han dominado. Es un espejismo, fruto de la funesta manía de querer asimilarlo todo a un sistema de mercado. Pero, ¿es realmente asimilación -pensemos en Ketama, en Israel Galván, en Kiko Veneno o en Rosalía– o una impregnación a la que es difícil resistirse? ¿Dónde está el centro y dónde el margen en lo flamenco?
Lo flamenco desafía la tendencia contemporánea hacia el almacenamiento digital y masivo de datos, al ser un arte íntimamente ligado a la memoria y al encuentro, a los cantes y a los toques transmitidos de generación en generación, a lo fronterizo y lo marginal. Puede llegar a tomar el centro, pero nunca abandona el afuera. Aún así, es evidente que las nuevas tecnologías de la información han aportado material de archivo y han acortado las distancias para que sucedan los encuentros que fertilizan experiencias como la de Ruido Jondo. Son experiencias que habitan el underground llevadas por un afán de renovación cuya partitura, sin embargo, está asentada sobre los viejos valores del colectivo, de lo circular, de esa magia que aflora en el encuentro entre quien toca, quien baila, quien canta y quien mira y escucha, quien acompaña. Desde los márgenes se hacen tambalear las convenciones del centro. Porque lo flamenco no solo es una música. Es un “campo de sentido”, dice el artista e investigador Pedro G. Romero. “Un campo de identidades diversas -apostilla Niño de Elche- que van de lo popular a lo intelectual, de lo marginal al mainstream, y atraviesa otros mundos artísticos generando disrupción”.
Jordi Latorre y Derek van den Bulcke han maquinado todo esto de Ruido Jondo, un multievento generado por dos artistas polifacéticos que hacen música, cine, visuales, obra plástica, producen, reúnen… Multitasking como proceder contemporáneo. Ruido Jondo estrenó su versión original hace dos años en la Fira Mediterránea de Manresa y tiene todavía un antecedente anterior en un corto documental filmado por Latorre: La verdadera lucha es con el duende (2023), que se abre camino en la Barcelona actual, «un espacio urbano que para su juventud se cae a trozos», según lo presentan ellos mismos. Allí la bailaora Carmen Muñoz, Carmela, habla de cómo están en busca de la desjerarquización de los espacios del flamenco y de su representatividad. Durante el metraje se ensayan diversas formas de subvertir la materialidad de la representación convencional y se baila sobre asfalto y sobre tierra. Adrián Vega, coreógrafo que fue primero skater, luego breaker y finalmente bailaor (y lo lleva todo consigo), zapatea sobre tablas rotas; se canta con efectos vocales infrecuentes en el flamenco y se invade el espacio público con nocturnidad y alevosía, modo rave. Y sobre “el duende”, esa llama interior, ese estado de gracia flamenca, dicen que no se le puede invocar, que está o no está y no depende tanto de la voluntad: cuando lo llamas es cuando no viene.
Con Ruido Jondo, una propuesta escénica más que musical o museística, Jordi Latorre quiere hacer del audiovisual una forma de arte flamenco, poniendo a dialogar el cuerpo con la imagen. Se trata de posibilitar que suceda algo inesperado, generar “eventos que sirvan de espacio de experimentación entre el flamenco y la electrónica en espacios no convencionales con estética de club”, dice Jordi. Una de las cosas que suceden es que, tanto los atraídos por el flamenco como los que llegan llamados por la música electrónica, se terminan sorprendiendo. “Añadirle elementos flamencos al noise y a la electrónica -cuenta Derek- de pronto lo populariza, la gente se acerca y lo acoge mucho más favorablemente que si fuera una propuesta solo de noise, que vienes si te interesa. A un sonido electrónico abstracto el flamenco puede darle mucha tierra, mucha raíz, y eso conecta”. Como antes se hizo con el flamenco jazz, el flamenco rock, el flamenco pop, el flamenco chill o el flamenco funk, el flamenco se re-adjetiva (flamenco noise) en la reunión de artistas diversos que, sin ser puramente flamencos, hacen aflorar lo flamenco por una actitud que lo bordea. “Por ejemplo -explica Jordi-, Lolo y Sosaku no tienen nada que ver con el flamenco, pero en determinados contextos tienen mucha “jondura”.
El mestizaje, la aproximación curiosa, el contagio o el puro sampleo entre y desde el flamenco y otras músicas, es algo más que asumido desde hace décadas. Como baile, el flamenco ha contaminado igualmente otras muchas manifestaciones dancísticas. Las últimas revoluciones ahí tienen algunos nombres propios: Israel Galván, Olga Pericet, Rocío Molina, La Chachi… En lo teatral, se pueden citar como antepasados -con perdón- la jondura de La Zaranda o el matrimonio entre vanguardias clásicas e imaginario andaluz tauromáquico semanasantero y flamenco de La Cuadra de Salvador Távora. Pero hoy resuenan creadores y creadoras que, sin llevar lo flamenco por bandera, no pueden abstraerse de una esencia que, voluntaria o involuntariamente, les acompaña. Alberto Cortés, Rosa Romero, Ana Lessing, los por ahora extintos Vértebro (y una de sus derivadas, Isabel do Diego), la Angélica Liddell de Terebrante y hasta Los Voluble.
“En mi trabajo hay algo de la presencia y algo de la conexión con el acento que tiene el flamenco”, explica Alberto Cortés. “Tiene que ver con la pulsión interna del cuerpo flamenco, con la idea de presente, de estar performando en presente, en el ritmo adecuado, en el tiempo adecuado. Mi trabajo tiene una cualidad tímbrica, rítmica y musical de la palabra y del cuerpo, que remata y hace acentos como rematan los flamencos. Es una inspiración no aprendida, sino adquirida de forma orgánica. Pasa con otros muchos creadores contemporáneos de la escena andaluza, que en esa forma de colocar la presencia escénica hacia afuera hay mucho anclaje en la energía flamenca, somos como muy ‘arrojaos’ en el escenario, muy apasionados, muy conectados con la emocionalidad; abres el canal emocional y lo echas todo hacia afuera, te entregas, te ofreces. Eso es muy flamenco”. Ese arrojo, ese pecho fuera, ese cuerpo dispuesto a la lucha o a la huída, es indisociable también de lo gitano, valga la generalización.

¿Hasta qué punto lo flamenco y lo gitano se retroalimentan? ¿Hasta qué punto son lo mismo por mucho payo flamenco que haya? El origen marginal de lo flamenco parece evidente y esa disposición corporal del artista flamenco puede ser tan celebratoria como intimidatoria, sobre todo si pensamos en una cultura, la gitana, que ha vivido cinco siglos siendo expulsada, realojada, criminalizada, higienizada, estigmatizada y victimizada. El extractivismo cultural se ha practicado con el pueblo gitano a saco. Valga solo el ejemplo de los gitanos expulsados del sevillano barrio de Triana para ser realojados en las Tres Mil Viviendas, donde nace, por ejemplo, todo ese movimiento musical abanderado por los hermanos Rafael y Raimundo Amador, del que tanto seguimos presumiendo.
“Hay siempre una energía como de última oportunidad -continúa Alberto Cortés-, como si siempre estuvieras ante la última oportunidad. Es la pulsión de supervivencia la que te pone en ese lugar. Por eso, luego sueltas a un flamenco o una flamenca aquí y te monta un show en seguida, no necesita nada, siempre están dispuestos, hay algo muy primitivo en eso”.
“El flamenco ha estado siempre -confiesa, por su parte, la gaditana Rosa Romero. Cuando mis padres ponían música en casa no ponían jazz, ponían flamenco, y en el colegio, si cantábamos, lo hacíamos por rumbas o por tangos. Pero ahora como artista he tomado la decisión consciente de darle valor a algo que siempre estuvo ahí, resignificarlo, en una especie de viaje de vuelta hacia una pertenencia cultural. Me ha gustado mucho ver flamenco en directo y vengo de un sitio donde eso me ha resultado muy fácil, he podido ver a los más grandes y ellos son mis referentes escénicos. Yo busco que suceda algo extraordinario en mis piezas y eso lo he aprendido de estos grandes artistas flamencos”.

“El nivel de innovación que hay en Andalucía es tal que todo lo que se haga ya se ha hecho antes”, dice Manuel Chaparro, el flamenquísimo frontman de Califato ¾, sevillano como Pedro y Benito Jiménez, dúo de agitación audiovisual conocido como Los Voluble, que con su poco de guasa y su poco de mala baba han llegado a decir que “el perreo también se inventó en las fiestas por tangos de Triana, y de ese burro no nos vamos a bajar”. Primero Flamenco is not a crime, luego Jaleo is a crime y ahora La voz de alarma han sentado las bases de su particular forma de abordar el ‘political remix video’, donde ponen en relación un archivo audiovisual flamenco inagotable con la realidad de los acontecimientos del momento y la música electrónica. No comulgan con el exotismo del nuevo andalucismo, que entienden amable y domesticado, y apuestan por el grito de rabia, por el ruido que pone nervioso al capital. “Queremos que la gente baile y que piense”. Criados en la cultura del sample, han llevado a la Paquera de Jerez, por ejemplo, a los contextos de la música electrónica y han desplegado su mesa de cuatro metros en lugares sagrados del flamenco como la Bienal de Sevilla, sin dejar de denunciar un sistema capaz de genocidios televisados entre anuncio y anuncio de Cruzcampo. “El público es mucho más impuro que los próceres del flamenco, y ahí es donde nos enganchamos nosotros”, reflexiona Benito.
Bailar y pensar, cantar y sentir. Si no es divertida, no es mi revolución. No está tan lejos, por cierto, lo que hacen Los Voluble de lo que hacían Los Chichos, Los Chunguitos y todo aquel movimiento setentero y ochentero que cantaba la miseria pero que ponía a bailar a todo el mundo. Desde Vallecas o Caño Roto, en Carabanchel, las letras hablaban de amores, pero también de drogas, delincuencia, explotación, presos y prostitutas (un poco primos hermanos de los narcocorridos mexicanos, ¿no?), en aquella otra movida madrileña que vendió más casetes que los pegamoides y compañía (8 millones de discos Los Chichos, ojo) pero que tenía muy mala prensa. Eso sí, sala de fiestas en la que entraras, gente de todo pelaje moviendo el cucu con el flow de Son ilusiones de Los Chichos, Anabalina de Las Grecas, Heroína de Los Calis o Dame veneno de Los Chunguitos. O con la fusión de flamenco y música disco de El Turronero, pionero total.
Los Voluble se han enrolado en aventuras paralelas como Para cuatro jinetes, de Mucha Muchacha, una compañía de danza (pero no solo una compañía de danza) que dialoga con la tradición folklórica desde la contemporaneidad para encontrar nuevos significados a las formas antiguas. Una de sus integrantes, Ana Botía, habla así de lo flamenco:
“Lo flamenco tiene algo de reclamar el cuerpo como propio. Es como si el flamenco y lo flamenco que deriva de ahí supiese que toda la fuerza y potencia que podemos sentir, que puede sentir un cuerpo, no le pertenece, que toda la alegría que siente un cuerpo, no le pertenece, y que toda la tristeza que siente un cuerpo, tampoco le pertenece. Lo flamenco sabe que el cuerpo no le pertenece nunca del todo y lucha contra eso. Reivindica su cuerpo y su forma, reivindica su tiempo en una lucha que sabe perdida. Y esta lucha por reclamar su alegría y su tristeza como propias y genuinas, es lo que le hace, por un momento, con suerte, tener un cuerpo, tener un tiempo. Es un enfrentamiento por sentirse dentro de la humanidad y no necesita gente mirando, una discusión con uno mismo que no pretende hallar respuestas. No hay paisaje en lo flamenco, hay alguien siempre en el paisaje. No hay amor en lo flamenco, hay alguien amando. Reclamar el cuerpo pasa por sentir -no siempre- que existe una casa, un hogar y un corazón más grande que nuestro destino. Reclamar un cuerpo, nuestro cuerpo, es plantarse frente a un destino que no quiere hablarnos a la cara. Lo flamenco es ingenuo, pues sabe que en la lucha siempre pierde. Lo flamenco nunca gana, pero sigue creyendo en el mundo y en los cuerpos”.
Fruto de esa creencia (en el mundo y en los cuerpos) perviven experiencias como la del Laboratorio de Investigación desde el Flamenco que anima desde hace años Juan Carlos Lérida con la colaboración del Institut del Teatre de Barcelona. Teoría y praxis que se alimentan del encuentro entre artistas, investigadorxs y teóricxs de las artes escénicas convocadxs para pensar el flamenco como práctica contemporánea, abriéndose a todo tipo de tendencias, desde lo neofolklórico a lo queer. Por esa galaxia han orbitado lxs ya mencionadxs Carmela Muñoz, Derek van den Bulcke, La Chachi, Adrián Vega y Jordi Latorre, además de Pol Jiménez, Fernando López Rodríguez, Raúl Cantizano, Sofía Asencio, Esperanza Cortés y un largo etcétera. Es ahí donde se sigue escribiendo la historia en minúsculas de un arte que coquetea con el establishment en Madrid, Sevilla, Jerez o Granada, pero guarda siempre un sentido furtivo y periférico consciente de que cualquier viento indeseable lo devuelve a la cuneta.
Dice Pedro Lópeh en el prólogo al libro de Jacobo Rivero dedicado al Candela (mítico bar de Lavapiés) y a la raíz flamenca madrileña: “En la última década se ha vuelto a utilizar el flamenco enconadamente para alimentar identidades, narcisismos y esencias varias. (…) Y así pasa, al final: que encontramos el cante en boca de Díaz Ayuso o asociado a Tartessos, en anuncios publicitarios que exotizan hasta la náusea la cultura andaluza o tomado por tesoro que los payos expoliaron a los gitanos, en jaranas de señoritos con bodega y tentadero, en el último museo contemporáneo, en los papeles mojados de la Unesco, metido de cualquier forma en el currículo escolar, pelele al albur de los nuevos mesías andalucistas, buque insignia de la Marca España, emblema de la gentrificación…”
El libro de Jacobo Rivero se llama Candela. Memoria social de un Madrid flamenco, genealogía extraordinaria de un movimiento subcutáneo adherido a la esencia de los barrios humildes, obreros, que arracaban y arrancan alegrías, seguiriyas y bulerías a la subalternidad que espantan a base de manotazos, ventiladores rumberos y quejíos. Ahí se recogen, por ejemplo, estas palabras: “El flamenco es agua fresca que renueva por dentro y por fuera humanizando nuestra existencia. En este mundo devora-personas donde lo humano es secuestrado y sobrevive a duras penas en estado de letargo, se impone vivir flamencamente casi como si de un acto subversivo se tratara”. Por el libro desfilan La Tati, Amor de dios, Casa Patas, Caño Roto, el Rastro, Antonia Jiménez, Paquete, Lavapiés entero y, en el recuerdo, todos los que pasaron por la cueva del Candela, desde Camarón hasta Enrique Morente, al que, cuentan, le encantaba juntarse con los punkis.
“Unos artistas retroalimentan a otros (…) Para que haya una evolución, para que intervengan nuevas sensibilidades y adquieran el conocimiento necesario para proyectar el flamenco a su propio modo, lo hagan mejorar o aporten algo a la tradición, es necesario que existan lugares de encuentro entre los artistas”.
Martín Guerrero, hijo del fundador de la taberna Casa Patas
“El Patas me mata. El Candela me remata”, solía decirse a finales de los ochenta y principios de los noventa.
Lo flamenco: ¿asimilación o impregnación? ¿sacrilegio o devoción ciega? Una actuación en directo de El último de la fila, registrada en TV3 de 1989, arrancaba con el guitarrista Juan Manuel Cañizares sacando de su instrumento la introducción a la mítica El loco de la calle. Al toque preciso del de Sabadell se sumaban las eses arrastradas de Manolo García y su característico vibrato aflamencado, que no flamenco, en un grupo que en sus primeros tiempos descolocaba con esa extraña mezcla de arabescos y new wave. Nadie podría definir como flamenco a El último de la fila, pero algo había, quizás deudor de toda esa tradición charnega y rumbera catalana. En El último de la fila, el flamenco más parecía una impregnación, un azucarillo diluido en un líquido, que pone sabor, pero desaparece. Desaparece porque pasa a formar parte de una sustancia nueva, de una cosa nueva. Como tal cosa nueva, el camino contrario es ya imposible. No se puede “descocinar” una comida. La cosa nueva un día dejará de serlo, se habrá incorporado como un peldaño más en una escalera que avanza siempre hacia arriba y hacia delante.
Los tiempos que, como el nuestro, privilegian un presente radical al servicio del consumo y la desmemoria, se han especializado en borrar los peldaños anteriores, como en la recurrente pesadilla, y en detener esa sensación de avance que proporciona el combustible a la máquina capaz de imaginar el porvenir. Algunos peldaños atrás de La leyenda del tiempo de Camarón estaban Lorca y Manuel de Falla, y algunos peldaños después llegó el Omega de Morente y Lagartija Nick y más tarde Califato 3/4 o Los Voluble hackeando los iconos no sin intención política. “Con el miedo no salen esas cosas”, sentencia Raimundo Amador. Lorca y Manuel de Falla llamaron arte a lo que siempre lo fue pero los románticos llenaron de exotismo en el siglo XIX y con los primeros experimentos de fusión en los 60 y los 70 del siglo XX empezó ese diálogo/debate abierto con el flamenco puro, donde el purismo siempre pierde pero nunca muere, nunca desiste, porque se saben custodios de un tesoro que conviene mantener vivo. Aunque “la pureza no puede perderse nunca si uno la lleva dentro”, dijo una vez un tal José Monje Cruz.
¿Qué pensaría hoy Camarón al ver cómo cierta marca de ropa del grupo textil líder mundial que gobierna un señor gallego riquísimo, ha convertido su cara, su nombre y hasta su letra en colección de primavera-verano disfrazada de homenaje al cumplirse 75 años de su muerte? Desde la firma destacan que «hay algo genuino en la forma de vestir de los años 70, una mezcla de intuición, calle y cultura que en España tomó forma propia entre el cine quinqui, la música que marcaba el pulso de una generación y figuras irrepetibles como Camarón». Digno ejemplo de borrado de memoria y reinterpretación mercantil del pasado. Estas prendas se consumirán con mayor o menor conciencia crítica, pero conviene tener presente que, en los 70, la música de Camarón, con La leyenda del tiempo, fue poco menos que apedreada y que el cine quinqui era reflejo de una sociedad tremendamente desigual marcada por un desarrollismo urbano planteado para el enriquecimiento de las élites franquistas, la expulsión de los inadaptados y la proliferación de un individualismo basado en la propiedad privada (una familia, un piso) que desactivaría todas las luchas vecinales antes incluso de que Margaret Thatcher llegara al poder en Gran Bretaña.
«El flamenco, yo no sé explicarlo. He sufrido mucho. Si tú no has sufrido, ¿qué flamenco vas a sufrir? Para ser flamenco hay que tener una causa. Aquí, ahora, esto está vacío, no hay causa. ¿Cuál es la causa? Si usted no tiene causa, ¿por quién va a usted a cantar?»
Manuel de los Santos, Agujetas

Pocas culturas como la flamenca han estado tan dispuestas para el mestizaje. Su esencia misma, su carta de existencia, está íntimamente relacionada con la mezcla. Pocas culturas han sido tan abiertas para juntarse con otras sustancias en busca de la cosa nueva. Esas culturas son siempre culturas de resistencia (el jazz, el rock and roll, el blues, el reggae, la música disco, el techno, el hip hop, el reggaeton, el trap…). Culturas de resistencia que, resistiendo, lo cambian todo cada tanto. La asimilación al sistema es un daño colateral. Aunque como dice Alberto Santamaría, «la cultura dominante nunca es completamente dominante».
Cuando las esencias emergen y se seducen unas a otras, suelen hacerlo en algún momento inesperado propiciado por una combinación de azares y leyes de atracción universal. En julio de 1979, en la monumental de Barcelona, se reunió en un mismo cartel a Weather Report, a Jeff Beck y a Camarón acompañado del grupo Dolores, para presentar en directo, por primera y única vez, La leyenda del tiempo (un disco grabado durante mes y pico en un estudio lleno de gente variopinta donde corrían el hachís y los bocadillos de mortadela). Cuentan que los músicos anglosajones flipaban con el toque por bulerías y los españoles con las progresiones jazzísticas de Jaco Pastorius, Whyne Sorter y compañía. El percusionista brasileño Rubem Dantas, que acompañó a Camarón en varias aventuras discográficas, dijo que fue uno de los backstage más impresionantes por los que había pasado en su vida.
En ese equilibrio entre sobriedad y desparrame, entre dolor y alegría, nuestra cultura y su producción artística, material o inmaterial, ha sido atravesada por lo flamenco de siempre, diríamos, si asumimos la niebla que envuelve un posible origen y la imposibilidad ontológica de aventurar un final. Como brumoso llegará a ser el final de esta puesta en contexto que va camino de ser tan larga como la playlist comunitaria de aromas flamencos a la que podríamos ir sumando nombres ad infinitum:
Silverio – Manuel de Falla – Miguel Hernández – Smash – Rafael Alberti – Triana – Eloy de la Iglesia – Camarón de la Isla – Juan de La Zaranda – El Turronero – Paco de Lucía – Veneno – Basilio Martín Patino – Pata Negra – Antonio Gades – Paco de La Zaranda – El Vaquilla – Enrique Morente – Radio Tarifa – José Manuel Caballero Bonald – Los Chorbos – Las Grecas – Peret – Los Calis – Los Chichos – Salvador Távora – El Fary – Camela – Carlos Saura – Ketama – Ray Heredia – La Húngara – Antonio Flores – Pedro G. Romero – Isaki Lacuesta – Mártires del compás – Ojos de brujo – Narco – Antonio Manuel – Dellafuente – Olga Pericet – Califato ¾ – Miguel Poveda – Alberto Cortés – Rocío Márquez – Estrella Morente – Israel Galván – Perrate y Za! – Rosario la Tremendita – Pedro Lópeh – Vértebro – Rocío Molina – Kiki Morente – Alberto Rodríguez – La Chachi – Soleá Morente – Los Voluble – Rosalía – Juan Carlos Lérida – Niño de Elche – Angélica Liddell – Isabel do Diego – Mucha Muchacha – Yerai Cortés – Rosa Romero – La Plazuela – Ana Lessing – Israel Fernández – Carmen Avilés – Carmela Muñoz – Derek van den Bulcke – Jordi Latorre – Curro Rodríguez – PXXR GVNG – Derby Motoretas Burrito Cachimba…
Añade a quien consideres y, entre tanto…
¡Ay!
El grito deja en el viento
una sombra de ciprés.
(Dejadme en este campo
llorando.)
Todo se ha roto en el mundo.
No queda más que el silencio.
(Dejadme en este campo
llorando.)
El horizonte sin luz
está mordido de hogueras.
(Ya os he dicho que me dejéis
en este campo
llorando.)
Federico García Lorca. Poema del cante jondo