26.02.2026
CONTEXTO 2 | Lo extraño y lo inquietante
Reflexiones sobre el miedo y lo monstruoso a partir de Spooky, de María Jurado y Macarena Bielski, Shymphony of horror, de Sara Manubens y Norma Pérez, y Häxan, de George Marinov y Miguel Deblas
Hay un deseo indisimulado por emparentar este contexto con el libro de Mark Fisher Lo raro y lo espeluznante, de ahí el título apoyado en la música de la sinonimia. El libro de Fisher, confiesa María Jurado, está entre las lecturas detrás del proceso de Spooky, una de esas lecturas que contribuyen a seguir con el problema, que diría Donna Haraway; en este caso, a seguir pensando sobre, en y desde el subconsciente, espacio intangible, acaso imaginado, donde anidan los temores profundos, las pulsiones ingobernables y los rigores ‘elloicos’ del eros y el tánatos haciendo de las suyas.
En el subconsciente de María Jurado debe haber algo que la llevó a aficionarse a las películas de terror y suspense y este material cultural popular pasa a ser referencia e ingrediente en el proceso creativo que desemboca, trabajando con Macarena Bielski, David Corral y Manuel Pita, en Spooky. Un grupo de personas que, siendo Generación Z, han buscado en los miedos antiguos, quizás imperecederos, en las psicosis hitchcockianas y en el imaginario colectivo de lo terrorífico, para hablar de un momento histórico en el que el miedo aspira a ser, otra vez, emoción política hegemónica.
También Sara Manubens y Norma Pérez trabajan con el imaginario del terror clásico en Symphony of horror, pieza titulada con el apósito del eterno -como no podía ser de otra forma- vampiro canónico de Murnau, Nosferatu. Y también el colectivo Éskaton lleva un miedo ritual y ancestral a primer plano, convertido en sensación real de peligro en Häxan, obra concebida y dirigida por George Marinov con dramaturgia e interpretación de Miguel Deblas, donde la arquitectura del edificio y la carcasa de la techné se rebelan amenazantes contra el elemento fundamental del teatro: el público, el que mira, el que siente. ¿Por qué esta apuesta desde la creación escénica contemporánea por el terror como acto poético? ¿Hay un cuestionamiento común en las tres piezas citadas? ¿Qué está reflejando?

Dice Mark Fisher: “las obras contemporáneas y experimentales suelen parecernos raras la primera vez que las vemos. Esta sensación de lo erróneo asociada con lo raro -la convicción de que algo no debería estar allí- suele ser una señal de que estamos en presencia de algo nuevo. Aquí lo raro es un indicio de que los conceptos y marcos que hemos empleado anteriormente se han quedado obsoletos”. La forma tradicional de relacionar ficción y realidad es una de las primeras cosas que estxs creadorxs podrían encontrar obsoletas. María Jurado habla de una ficción que se rompe y genera preguntas en torno al propio formato del teatro como expresión cultural, donde “lo que construimos no tiene escapatoria”. Ahí aflora lo terrorífico, lo ‘spooky’, lo inquietante que surge de hacer ficción con lo real, y al contrario. En este tiempo, donde la identidad está cruzada por dinámicas autoficcionadas, proporcionadas, promocionadas y patrocinadas por el capitalismo digital (del que pareciera que tampoco hay escapatoria), la pregunta por el yo y el buceo a pulmón en busca de respuestas hasta llegar a las profundidades del subconsciente, deviene película de terror hecha sobre un escenario en directo, sin montaje, sin edición.
“Las preguntas sobre una misma -dice María Jurado- buscan generar un estado de confusión, primero en nosotras, porque la pregunta, que nace individual, se colectiviza. Luego se lanzan al público para que se retroalimenten ambas entidades, el que hace y el que mira, y acabar todos encerrados en un cerebro lleno de sonidos, imágenes, cuerpos desdoblados, sombras, objetos de múltiples significados… Una caverna platónica en cada cerebro, donde surgen más preguntas: ¿qué ficcionamos de nosotros mismos? ¿Podemos realmente poner fin a nuestra propia autoficción? ¿Soy consciente de dónde termina mi identidad? ¿Por qué lo tenemos todo tan claro?” El pasillo, el rincón, el lugar tenebroso, el lugar incandescente, el lugar de claroscuros, la escalera que baja al sótano, el sótano mismo… todas esas realidades espaciales conforman el paisaje del miedo, que es el lazo que une el yo con lo primario. Eso -dice María Jurado- “te pone, al menos a mí, en un lugar de confrontación conmigo misma, de inseguridad, de vulnerabilidad”. De miedo, en definitiva.
En las cavernas del inconsciente también hiberna lo monstruoso de nosotros mismos. Que conviene contrastar con lo monstruoso que viene de afuera, lo que los sentidos comunes históricos han ido perfilando como monstruoso. Paul B. Preciado se enfrentó a la academia de máximos expertos en el inconsciente (los psicoanalistas de París) como el mono de Kafka lo hizo frente a la academia de los humanos muy humanos para sacarles los colores. En Yo soy el monstruo que os habla, Preciado reconoce que recurrió a la testosterona como aliada para “inventar un afuera”, porque prefería “mi nueva condición de monstruo a las de mujer u hombre, porque esa condición es como un pie que avanza en el vacío y señala el camino a otro mundo”.

Mientras los monstruos de la isla de Epstein han perpetrado sus monstruosidades impunemente durante décadas (quizás durante siglos), los expulsados a la subalternidad se ven obligados a reapropiarse del concepto monstruo y resignificarlo. “El monstruo -dice Preciado- es aquel que vive en transición. Aquel cuyo rostro, cuyo cuerpo, cuyas prácticas y lenguajes no pueden todavía ser considerados como verdaderos en un régimen de saber y poder determinados”. Desde el púlpito del orgullo trans, Preciado advierte a los académicos del diván de que “los monstruos futuros son también sus hijos y sus nietos”. Lo que asusta a unos, empodera a otros.
Sara Manubens lleva años poniendo el cuerpo al servicio de este decalaje de lo monstruoso, este desplazamiento del concepto, porque -dice- “nuestra vida tiene mucho que ver con una peli de terror”. Con las armas de la mofa y la irreverencia, hartas de dar pena o miedo, despliegan un cabaré de vampiras travestis donde la erótica de serie B enfrenta el acartonamiento de las ortodoxias heteropatriarcales. “Una vez le hice el amor a un drácula con tacones”, cantaba el mítico grupo argentino Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en la canción Preso en mi ciudad. Estas vampiras descaradas están hartas de otras prisiones. Las capas de ficción van sedimentando en el cuerpo otro ser a través de un hacer trans, desafiando los miedos ancestrales de los que no soportan el mínimo movimiento del eje de la realidad que conocen y que han heredado de un concepto de orden y disciplina ajado. La Sara y la Norma, no obstante, se preguntan: si debajo de la travesti hay una vampira, ¿qué hay debajo de la vampira?
La vampira es una figura que cada tanto emerge. Son fáciles los símiles aquí. Cuando cae la noche sobre la Historia, el vampiro sale de su ataúd en busca de sangre fresca. Los tiempos que vivimos son oscuros, no cabe duda, y los neofascismos atizan miedos y rigores intransigentes. Colgados boca abajo, como un anticristo, los vampiros son los únicos capaces de ver la realidad que hay detrás de las sombras proyectadas sobre la pared de la caverna de Platón. Y ahora que la caverna se produce industrialmente a escala planetaria, hay artistas que miran al vampirismo como asidero ético, por paradójico que suene.
No hay más que acercarse a la miniserie de Eduardo Casanova, Silencio; o a la última peli de Luca Guadagnino, Hasta los huesos, donde el horror está en el canibalismo en este caso, pero sin gore; o hasta ese otro inquietante film de la directora iraní Ana Lily Amirpour, Una chica vuelve a casa sola de noche. En los tres casos, las vampiras son mujeres, lejos del prototipo del mito gótico de Bram Stoker, que estaba más preocupado por desafiar los satanismos que imaginaba la sociedad victoriana. Prototipo que ya rompió la saga Crepúsculo con su ensalada de juventud, placer, amor y feminidad. Persiste una pulsión romántica en todos estos títulos, pero hay una inquietud por cruzar la frontera y dejar que el monstruo y la normatividad se amen por fin, pase lo que pase. Eso que no pueden soportar los guardianes -fascistas- de la moralidad, porque se les revuelve el gallinero y, donde ellos ven Sodoma y Gomorra, se erige un edificio cuyos cimientos son los nuevos afectos superadores de taxonomías humanas caducas.

¿Qué hay debajo de la vampira? El monstruo de lo incontrolable. Lo que escapa, siquiera un ratito, del poder. O inventa un poder propio. El vampiro, el monstruo, recoge miedos y siembra libertades. Como el Frankenstein de Guillermo del Toro, el vampiro ya no da miedo, sino que invita a un acercamiento y a desplazar lo que se ha dado en llamar la maldad hacia los hombres blancos heteros que se ahogan en su propia megalomanía. Mientras los gobernantes grotescos y megalómanos del presente y sus aliados mediáticos diseminan distopías por todas las plataformas de contenidos a la carta, hay una generación que se distancia del apocalipsis refugiada en una monstruosidad elegida, performateada, buscando ser vanguardia en la tarea de alumbrar otra forma de estar en el mundo. María Jurado, Sara Manubens o Éskaton reivindican una teatralidad que los representa desde lo subversivo, porque alteran el orden establecido. Porque crean su propia subjetividad.
Hay una querencia espírita en ese camino hacia la propia subjetividad. El ritual que estos tres grupos -los implicados en Spooky, Sara Manubens y Norma Pérez con su sinfonía del horror y los Éskaton en Häxan– llevan a cabo en el escenario, implica una sensibilidad y una sintonía especiales, una capacidad casi como la de un médium, una invocación a fuerzas superiores que están -decíamos- más en las profundidades del subconsciente que en las alturas de los altares. Viéndoles poseídos por no se sabe qué, lxs espectadorxs pueden preguntarse: ¿quién está detrás de estas manifestaciones de lo espeluznante? ¿Quién o qué realiza realmente la acción? Lo raro y lo espeluznante, por terminar como empezábamos, con Mark Fisher: “Lo raro se constituye por una presencia, la presencia de lo que no encaja, o una presencia exorbitante, algo que rebosa y sobrepasa nuestra capacidad de representación. Lo espeluznante se constituye por una falta de ausencia o por una falta de presencia. La sensación de lo espeluznante surge si hay una presencia cuando no debería haber nada o si no hay presencia cuando debería haber algo”.
Entre lo que está y lo que no está, entre lo presente y lo ausente, entre lo real y lo ficticio, entre lo pensado y lo sentido, lo soñado y lo vivido, se abre la grieta de lo inefable por donde pasa el miedo como pasa la bilis entre la vesícula y el hígado. Porque el miedo está en el cuerpo. Porque el miedo es cuerpo.