Una isla

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Voy a deciros lo que estoy viendo.
Me comprometo a no mentir, si es que eso es posible.
Me comprometo, también, a no tener por qué decir la verdad. Es lo justo.
Me comprometo, en último lugar, a no juzgar lo que veo. Eso sí que no. Al fin y al cabo, mentir o no mentir, ¿qué más da?, pero opinar, colonizar las cosas, eso sí que no.
Tenéis mi palabra.
Si es que eso es posible.

Vamos allá.

Veo una mosca sobre una piedra.
Se acaba de ir. La mosca.
Ahora veo solamente la piedra.
No es lisa. Eso seguro. Tenéis mi palabra. Está surcada
de musgo, o de algo que se parece al musgo, tiene distintos
niveles, quiero decir, por un lado se eleva, por el otro se hunde, lo normal, perdón, vuelvo a empezar,
veo una piedra, tiene hongos, sí, de color gris, verde,
apenas queda espacio visible para lo que es la piedra en sí, para el cuarzo inmaculado que hay debajo y que
respira, o igual soy yo el que respiro,
en todo caso, hay respiración. Eso seguro.
Ahora voy a mover la cabeza, porque me he comprometido a contaros sólo lo que veo, no lo que no puedo ver, y ya siento,
ya comienzo a sentir cómo desbarro.
Bien.
Como si un hilo me estuviese tirando del mentón, hacia arriba,
mi campo visual se eleva. Se ensancha.
Veo un bosque.
En realidad, es un grupo de gente. Pero la primera palabra que me ha venido a la mente es ‘bosque’, así que vamos a respetar las primeras impresiones.
Uno no puede estar seguro de que una persona no sea un bosque. Nunca.
A algunos está a punto de salirles la hoja. Tienen brotes
erectos
en la superficie de la piel. Como comprenderéis,
no voy a entrar en cuestiones de género. Eso sí que no.
Toda esta gente que mira, que mira fijamente, la mayoría con brotes, otros no, dan la impresión de ser más bajos de lo que a lo mejor son, pero
eso no importa, importa lo que hay ahora, no lo que sucederá más tarde, en primavera, importa
la confusión de ahora,
ése es el compromiso.
La luz cae vertical sobre los árboles. Hay brillos en cada cráneo, como si fueran estrellas diurnas.
Perdón. Vuelvo a empezar.
La luz cae vertical sobre los niños. Brillan tanto que casi ni se les ve. Ahora sí.
Tienen navajas en las manos. Vasos de plástico. Me hacen señas.
Me están señalando un punto, más allá del bosque, por encima de sí mismos, un lugar donde hay una familia de muertos posando para una fotografía.
El sol no les alcanza.
Está llena de sombra, esa parte de la habitación.
Lo mismo da.
Luego habrá sombra aquí, y allí no. Allí habrá sobreabundancia de luz, un derroche,
mientras que aquí,
perdón. Vuelvo a empezar.
Veo una hendidura como hecha a navaja que corta el bosque, el paisaje, la mosca, en dos mitades.
¿Por qué me sorprende?
¿Por qué tiene que significar algo?
¿No está todo lo que vive partido en dos?
¿A quién le importa lo que las cosas quieran decir? Perdón. Ya paro. Tenéis mi palabra.
Por la hendidura, por esa navaja, por el filo de esa cabeza que es como un brillo, corre un río. Lo escucho.
Escucho su fuerza. Su frío. El lugar exacto donde desemboca en el mar.
Pájaros que no identifico sobrevuelan la espuma que le sobra a los muertos y que se evapora hacia arriba como suele ser la costumbre, perdón, vuelvo a empezar,
pájaros que no identifico sobrevuelan las cabezas de la gente que aguardan sentados en el musgo y dicen algo que va dirigido a mí.
Es lo justo.
Les digo, Yo muy bien, ¿y vosotros?

Tengo frío, de repente.
Pero me he comprometido a deciros lo que veo, no lo que siento.
Un hilo tira nuevamente de mi barbilla, hacia arriba.
Noto cómo soy yo el que se detiene, no el hilo. El hilo sigue su camino. Si le dejase, me llevaría lejos.
Lejos de esta isla.
Pero me rebelo. Porque he hecho un compromiso con el instante, con vosotros, conmigo mismo. No sé con quién.
Veo una extensión azul.
Un avión que me obliga a seguir su rumbo con la mirada.
Desearía no haber visto ningún avión. Perdón. Vuelvo a empezar.
Desearía no ser una isla. A veces. Todo el tiempo. Pero,
¿hay otra forma de rebelarse?
Si la hay, no la conozco.
Vuelvo a empezar.

Ya no veo nada.

Mi compromiso se ha echado a perder con tantas cosas, el avión, el mar, los niños, el bosque, el paisaje de mi infancia, lo que vi ayer, el abrazo que me diste, tan flojo, todos los que me diste, antes de ése, todos los que nunca me han dado, el miedo, el miedo profundo a no ser visto, a que lo que veo no me esté viendo a mí.

Hola.
¿Me ves?

Dejo que el hilo empuje mi barbilla todo lo que quiera, hacia atrás.
Veo el sol.
Descubro que el sol no es amarillo, como en los dibujos. (Ése era el compromiso).
Descubro que el sol es blanco,
como todo lo que he visto hasta ahora,
porque lo cierto es que no he apartado la vista ni un solo momento del papel.

Tenéis mi palabra.

Sergio Martínez Vila.